Una gota de tinta china

VI



Me emocioné con una gota de tinta china, que al soplarla con un tubito la conducía a través del papel. La tinta obedecía más o menos al chorro de aire, pero, a veces, se rebelaba por culpa de las ondulaciones del papel. Cuando soplaba de golpe, se partía en decenas de nuevas gotas y así hasta que el papel absorbía toda la tinta y no quedaba nada que soplar. El resultado me sugirió la silueta de un árbol seco, lleno de ramas sin hojas. No tuve más remedio que titularlo “soledad”.
Le enseñé mi cuaderno de dibujos a un crítico de arte, amigo de mi padre, que había venido a casa de visita. Iba ojeando las hojas con una amable sonrisa: el presunto dibujo calcado y compañeros mártires, algunos con sombras, otros con líneas... En el transcurso, me acordé de que al final del cuaderno se hallaba la “soledad” y empecé a angustiarme con la idea del encuentro. Pero lo que puede pasar, pasa; y se tropezó de lleno con la silueta negra. Enseguida me justifiqué, pero él —en contra de lo que esperaba— se entusiasmó. Francamente, no podía comprender por qué aquella lámina fue la que más le gustó. Era la primera vez que vi a alguien conectar por “vía interna” con un dibujo.

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