Nubes de mar

Cuando me dirigía al estudio esta mañana, el cielo estaba colmado de nubes de mar; son nubes bajas que se desplazan inquietas; realzan los demás colores con su tono gris. Las nubes de mar saben a sal. Son tan tupidas que transforman las antenas de los edificios en mástiles de barcos; con ellas, la ropa se nos pega a la piel.
Cuando pienso en la pérdida personal que supone acostumbrarse a lo cotidiano, me pasmo. Es verdad que nuestra capacidad de asombro necesita sus descansos porque somos limitados, pero me refiero ahora a la esclavitud de la rutina en la que muchos andan atrapados y que nos amenaza a todos. No es necesaria una fuerte experiencia como la de Robinson Crussoe para liberarse de estas cadenas, tan sólo se requiere una purificación de los sentidos; no estoy hablando de alcanzar el Nirvana; hablo de purificar porque hay que admitir la contaminación a la que están expuestos hoy la vista, el oído, el tacto, el olfato y el gusto. Nuestro espíritu accede al arte a través de ellos.
Comprendo perfectamente a aquellos a los que un cuadro no le dice nada; como si vieran una tela estampada, su mirada se limita a ciertos colores colocados con intención en una superficie: son los mismos que no descubren el canto de un pájaro o nunca se han detenido a contemplar la lluvia caer.
¡Ellos se lo pierden! pienso yo, pero, a la vez, qué lástima da ver tantas emociones perdidas. No pretendo que todos tengan las disposiciones del artista, pero me gustaría que se extendiera el aprecio por lo cotidiano. Valorar: a eso se reduce mi solicitud.
Las experiencias estéticas son el punto de partida y el lugar común del artista y del que contempla. Quizá, para algunos, sea pedir demasiado, pero merece la pena crecer algo en sensibilidad.
Pero las experiencias estéticas no son sólo placenteras; también el dolor, el sufrimiento, la soledad, recurren al arte, no sólo como vía de escape, sino como instrumento para mostrar la grandeza del hombre. Creo que todos estamos de acuerdo, después de los acontecimientos del siglo pasado, que el hombre puede llegar a convertirse en un monstruo; pero también es cierto que el ser humano, pequeño y débil, escarmentado ya, es capaz de lo sublime. Y yo no lo afirmo, lo dice Jorge Manrique al fallecer su padre que aunque la vida perdió/dejonos harto consuelo/su memoria; nos lo muestra, por ejemplo, Spielberg en la lista de Schindler; Goya y sus fusilamientos del 3 de mayo y tantos otros que nos vienen a la memoria y que no acabaríamos nunca de citar.
Ningún artista que esté en su sano juicio desea el dolor para expresarse; el dolor, simplemente, se hace presente en el escenario de la vida, y el artista lo elabora en su interior; a veces lo parte en su médula y enmudece, las otras, lo salva del naufragio.
Ayer mismo me encontré con algo hermoso. Está relacionado con esta belleza de lo sublime que puso de moda Goya con sus “pinturas negras” y después Friedrich con sus paisajes. Resultó que en mi casa, un radiador goteaba por el grifo y formaba un charco en el suelo; con una fregona lo sequé completamente pero el grifo seguía goteando. Intenté apretarlo más pero las gotas ni se inmutaron. Opté entonces por abrirlo del todo, de manera que al llegar al tope dejase de fluir; a veces funciona este truco; pero cuando me encontraba en la mitad del proceso, el grifo salió despedido y una gran columna de agua caliente y negra se liberó. Fueron segundos, aquel chorro, la pureza de su forma perfecta que se mostraba ya sin obstáculos, su fuerza salvaje, su caída desigual sobre la mesa, el suelo y los armarios, su color negro y transparente; líquido y vapor... Lo que vino a continuación ya no fue bello; aún no sé cómo pude volver a poner el grifo, eso sí, después de media hora taponando la fuga con la fregona mientras pedía ayuda a gritos.
Al detenerme en este aspecto de la belleza, lo sublime, es interesante observar su participación en múltiples actos humanos, incluso los más prosaicos: encender un petardo o contemplar cómo arde un objeto. ¿Qué es el morbo sino un exceso en contemplar la hermosura de lo sublime? En el morbo se prefiere el gozo de lo sublime a las consecuencias negativas que se derivan del fenómeno estético, que supera en maldad el bien que nos proporciona. En este sentido, el hedonismo es el equivalente al morbo.
Un edificio en llamas es algo apoteósico, pero ¿cómo podemos preferir ese placer de la vista a intentar salvar a las personas que se encuentran atrapadas dentro? No sólo es el miedo el que paraliza, también lo es el deseo de gozar del estupor que proporciona lo grandioso. Quizá es esto mismo lo que llamamos quedarse pasmado. En ocasiones es difícil encontrar el límite entre lo bueno y lo bello, aunque nuestra propia experiencia nos demuestra que lo bueno posee una belleza superior, es más, muchas veces percibimos con claridad que lo bueno, aunque sea costoso y áspero de conseguir, es bello, y viceversa.

Comentarios

Jacaranda ha dicho que…
Nacho, en este escrito me reconozco. Y esto es una alegría.

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