El espectador

En el espectador me gustaría detenerme ahora, en el que se coloca frente a la obra. Antes de que se me olvide, quiero dar un consejo a todo el que visita una galería o una exposición de un pintor vivo: nunca hay que hacer un comentario peyorativo, sobre todo el día de la inauguración. El momento más vulnerable de un pintor es precisamente ese. Aunque el artista parezca como ido, hablando con uno y con otro con una sonrisa cansada, os aseguro que no pierde detalle de cada uno de los que están frente a sus cuadros; menos detectaría un satélite militar americano. Una risa, unas palabras irónicas ante un cuadro, le hieren al artista de la misma manera que a la chica que en una fiesta se percata de las burlas que provoca su vestido. Y no es justo herir al que da, aunque lo que dé resulte mediocre.
¿El arte es para el público, o el público es para el arte? Ante todo, el público es necesario, porque se ha de comunicar a alguien, por lo menos a uno. Intentaré detenerme en esto más adelante, porque primero es necesario reflexionar algo sobre lo qué está pasando hoy en el mundo de las artes.
La concepción utilitarista que ha penetrado en nuestra forma de enfrentarnos a la realidad cotidiana y, en concreto a la realidad artística, es un virus de alto riesgo. En aquella novela que escribió Luca de Tena, Los renglones torcidos de Dios, la protagonista principal, Alice, cuando es interrogada por el psiquiatra de un centro de recluidos psíquicos acerca de lo que ella piensa sobre el arte, ésta responde: “arte es lo que es inútil”. Alice explica a continuación que los objetos de arte son en sí mismos objetos inútiles desde un punto de vista práctico, su valor reside en el goce estético que producen. Aquel médico, asombrado con la originalidad de la respuesta, comienza a pensar que la paciente no está tan loca. He de reconocer que a mí me sorprendió esta idea cuando leí el libro hace ya muchos años, de hecho, aún la recuerdo. Luego me he dado cuenta de que no es tan original; fue Kant el primero que afirmó esto y seguidores como Schiller, los que se encargaron de propagarlo.
El arte comunica y comunicarse es una necesidad elemental del ser humano.
Me viene a la cabeza Eugenia Ginzburg ¡cómo expresa de manera inolvidable, a través del arte literario, la tortura de una celda de aislamiento durante las purgas de Stalin! El arte es necesario, ¿cuántas vidas habrá salvado? ¿Cuántas enfermedades habrá sanado?
El concepto de lo útil en las obras artísticas prevalece hoy sobre su capacidad comunicativa. Las obras de arte tienen un valor establecido en los mercados. ¿Quién dice que un cuadro de Van Gogh vale un millón de euros más que uno de Picasso? No lo sé y además no me gustaría escuchar sus razones. ¿Quiénes son los tasadores oficiales? Las obras de arte no se diferencian de un frío fondo de inversión.
Se ha llegado a la aberración en este asunto con la creación ficticia de obras de arte valiosas, susceptibles de inversión. Supuestos artistas elevados al estrellato productores de material cotizable. El mejor argumento apologético de los promotores de estos supuestos artistas, que quizá lo fueron alguna vez en su vida, consiste en denunciar a los que osan poner en duda la calidad, su falta de conocimiento. Es cierto que existe un público con una ignorancia ineluctable, pero también es verdad que los hay, cultos o con poca cultura, con buenas disposiciones, con capacidad de apreciar. De esta manera, este segundo grupo, no se atreve a opinar, o frente a un cuadro absurdo exclaman como lección bien aprendida: "yo, es que, no entiendo de arte". Como si un cuadro fuera un problema de trigonometría. Como si no fueran capaces de ver.
Si una persona enrosca un tornillo en una tuerca que no es la suya, ¿de quién es la culpa del “pasado de rosca”? ¿Del tornillo, o de la tuerca? Evidentemente del energúmeno que insistía una y otra vez, y éstos abundan en el panorama actual del arte, e insisten en hacer que el público sea para el arte. La consecuencia es la desconexión que existe entre el público y cierto arte contemporáneo: se les ha pasado la rosca.
Hace un par de meses me encontré con un intocable de Elliot Ness en estado puro. En mi casa, alguien, yo no, había colocado unas pequeñas láminas enmarcadas que representaban manchas geométricas de colores; no quedaban mal, pero no pasaban de ser “pinturas accesorios”, de las que hablaré después. Juan Claudio, un amigo, se detuvo frente a una de ellas:
— “Este cuadro no tiene sentido…” concluye después de examinarlo.
— “¿Por qué dices eso?” Le respondo interesado.
—“Porque no dice nada.”
Eso, justo eso, es lo que había que decir de ese cuadro.
La autenticidad de una obra de arte se reconoce en un deseo de tenerla cerca, de contemplarla, que forme parte de mi hogar, de mi vida. Quiero tener este cuadro junto a mí y poder enseñarlo a mis amigos para que experimenten lo mismo que yo.
Y para cerrar este asunto, no puedo dejar de mencionar una nueva especie de pinturas que se han desarrollado gracias a las revistas de moda en el hogar. Son las llamadas “pinturas accesorios”. En el mundo de la Moda, los accesorios son esos elementos que completan un traje o un vestido: zapatos, cinturones, corbatas, unos pendientes… Cuando los sofás tienden al rojo: un cuadro con tonos rojos o grises, combinan de maravilla. Son cuadros que terminan aburriendo como lo pasado de moda y duran en la pared el mismo tiempo que la tapicería del salón o el edredón de la cama. Ojalá no vuelva a escuchar la frase: “estoy buscando un cuadro con tonos verdes para la sala de estar.”

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