Me puse a pintar

XI



Me puse a pintar, como dije antes, paisajes en pequeños lienzos. Me avergüenza decir que eran copias de paisajes holandeses, aunque me consuela que también los grandes pintores han copiado a los maestros. Y aprendí de los holandeses. Un amigo mío, mayor que yo, me propuso vender los cuadritos a alguna tienda que pudiera estar interesada. La propuesta me pareció fenomenal: nunca viene mal cierta independencia económica de tus padres. Así que me presenté en casa de Ángel —mi amigo— con una gran caja de las pequeñas tablas pintadas colocadas estratégicamente porque algunas estaban aún con el óleo fresco. Luego he comprobado que este fenómeno: trasladar cuadros sin que se hayan secado del todo por culpa de las prisas, se repite mucho en la trayectoria de cualquier artista: salvando las distancias, es como sacar de paseo al parque a un bebé de pocas horas.

Mi amigo, mi ilusión y mis cuadros en un autobús de línea en busca de la fama y la gloría. ¡Qué chasco! íbamos de tienda en tienda recibiendo miradas indiferentes y excusas preparadas:
— “Buenas tardes... —decía Ángel—, este chaval tiene aquí unos cuadros que ha pintado, y veníamos para ver si os interesa y llegar a algún acuerdo.”
— “Vamos a ver...” El dependiente abría la tapa de la caja sin sacarlos siquiera. Ojeaba con la misma mirada de un rico a un poblado de chabolas.
“Sí, te comento —continuaba—, es que ya tenemos nuestros propios pintores.” Y cerraba la tapa y bajaba los ojos para decirnos sin decirlo que nos largásemos. Siempre lo mismo.
— “¡Ah, bueno...! —Contestaba Ángel—, pues nada.” Y nos íbamos.

Empezaba yo a experimentar las contradicciones de la vida. Todos hemos de pasar por ahí. Dos puertas se encuentran en la habitación del “no”: el desaliento y la insistencia. La primera es la que toman el pesimista y el orgulloso; la otra puerta, la de la insistencia, es la del tozudo y la del racional. Yo era pesimista, orgulloso, testarudo y racional. Por eso, esta primera experiencia, me hundió, se me grabaron los nombres de las tiendas a las que fuimos y seguí pintando; y pensé —en mi pobre orgullo de adolescente— que mejoraría mi forma de pintar y ellos se perderían el negocio, en una patética parodia de Scarlett O'Hara en "Lo que el viento se llevó".

Vender los cuadros, aunque sea necesario para vivir, no puede ser la primera intención cuando se pinta. Cuando eso le ocurre a un pintor; sus cuadros proclaman este defecto de tal manera que hasta los menos entendidos lo perciben.
Yo no pintaba por vender; mi abatimiento era distinto del de un vendedor de seguros que va casa por casa; éste vende su producto, yo vendía a mis hijos, aunque fueran malas copias de paisajes holandeses.

Que te alaben un cuadro es necesario para un pintor. La alabanza es distinta de la adulación; el que adula –aunque sea verdad lo que dice— siempre lo hace por interés. Aunque a Cezanne le echaran de la academia de dibujo por no saber dibujar, estoy seguro de que tenía a alguien que le alababa sus dibujos, de otra manera hubiera claudicado. Si es necesario el apoyo de los que te rodean, no es menos importante estar convencido de lo que uno hace. Conozco a más de uno que las alabanzas que recibieron provocaron la defunción de su autenticidad; tenían pavor de abandonar el camino del éxito; en definitiva: se enquistaron. Y no es que hicieran siempre lo mismo, sino que “lo mismo” se les hizo trivial. Grandes pintores han hecho “lo mismo”, pero cada cuadro tenía un sabor diferente.

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