Llegar a este punto

Llegar a este punto, tiene cierto mérito, porque yo mismo al releer me doy cuenta de lo que cansan, en ciertos momentos, este tipo de escritos. No me gustan los ensayos, lo reconozco, pero algo parecido es lo que me ha salido. Por ahora, ya basta. Ahora te contaré algo de lo que hice en mi último curso de la Carrera…
Desde hacía tres años, creo, existían unas becas que ofrecía la Universidad de Sevilla para estudiar en otras Universidades europeas. Era la beca Erasmus, que, en aquel momento, no eran económicamente tan exiguas como después. Me encantó la idea de viajar a otro país y conocer lo que se hacía en las facultades de allí. Descarté Alemania, por el idioma, Italia, porque ya había estado y me concentré en Inglaterra: de ahí escogí la más al sur por el clima y la más próxima a la capital, a Londres; después de todo este proceso, la facultad ganadora fue: ¡Winchester! Sí…, tenía fuerza, era un nombre de rifle, de lejano Oeste, de catedral gótica.
Pero para que te diesen la beca era necesario un examen de idioma, gracias a Dios, por escrito. ¡Madre mía! ¡Qué cantidad de folios tipo test! Al principio, procuré rellenar las casillas con sentido hasta que a mitad de examen, mareado por tanta preposición, entorné los ojos y cambié de táctica: a partir de ese momento rellené casillas a lo loco, sin pensar. Terminé el primero y lo entregué sin mucho convencimiento y la suerte, por esta vez, me sonrió: aprobé por los pelos y me concedieron la beca sin tener ni idea de inglés.
He escuchado, y yo mismo lo he dicho a otros, que la vida coloca a la gente en su sitio. Esto, sobre todo lo decimos de alguien que se piensa mejor de lo que es en realidad y actúa en consecuencia. El arrogante es un mal calculador; se asemeja al tendero que, cuando le pagas, siempre se equivoca en la vuelta y además, invariablemente, coincide que te da menos. Yo tenía el convencimiento de que algo de inglés sabía: ¡¿no había estudiado diez años de mi vida?!
Así que tomé el avión y aterricé en Heatrow con mi abultado equipaje. Desde España había arreglado las cosas para que un conocido de un amigo me esperara en el aeropuerto y me facilitara las cosas para explicarme cómo podía ir a Winchester a cien kilómetros de Londres. No existía aún ni Internet ni el móvil y por eso necesitaba a alguien que me guiase en terreno desconocido.
Bajé del primer avión que tomé en mi vida y en la terminal, mientras empujaba mis bultos a duras penas, buscaba mi nombre en los cartelitos que sostenían decenas de personas: “mister Smith, miss Sánchez…” ¡Nada! ¡Nadie me esperaba! Miraba y remiraba pero mi nombre no aparecía. Estaba tan convencido que me iban a estar esperando que ni siquiera apunté el teléfono de mi cicerón. Un sudor frío me corría por las sienes: “Nacho, tranquilo, piensa qué tienes que hacer ahora.” Me senté en un banco de la terminal y tracé mentalmente una hoja de ruta para salir del atolladero; repasé los datos del problema: No sé cómo se va a Winchester, no he estrenado mi inglés aún y vengo sin diccionario, no tengo el teléfono de mi guía aunque sé dónde vive, y el equipaje me reduce los movimientos. Tras pensar unos momentos y descansar algo, decidí que tenía que conseguir el teléfono dichoso buscándolo por su dirección…, pero... ¿cómo se dice “guía de teléfono”?; es obvio: “telephon guide“. Me estrellé unas diez veces hasta que un indio resolvió mi jeroglífico: “Ah, a telephon directry!”, así fue como empecé a aprender inglés. Aprendí a hablar con todas y cada una de las operadoras de teléfono de Londres, aprendí que cuando decían “ou” no era para decirme que podía ser este número o este, más bien “ou” era el cero, aprendí a ser más previsor en el futuro y descubrí el sinsentido de un millón de horas supuestamente aprendiendo inglés.
Sin fuerzas físicas y psíquicas, después de tres horas en el aeropuerto, me informaron dónde estaba el autobús que llevaba a la estación en la que se cogía el tren hacia mi destino.
Salí al exterior y quedé conmovido por el cielo gris de Londres. Eran las cuatro de la tarde. Gris de plomo, luz de plata. Todo estaba lavado, no había películas de polvo en ninguna parte. Como todo era de colores neutros, cualquier color puro destacaba: una señal de tráfico, el chaleco amarillo de un policía… Yo venía de Sevilla, del polo opuesto, donde la luz lo inunda todo. Quedé impactado.
Sí, por fin conseguí llegar a Winchester, y allí me estaban esperando algunos alumnos de la Winchester School of Fine Art; ¿cuánto tiempo me habían estado esperando?, no lo sé, pero ahí estaban. Sinceramente, no sabría qué hubiera hecho sin ellos.
Durante mi estancia en la Escuela de Winchester, la paleta se me llenó de tonos apagados, de grises, tierras quemadas y sombras naturales. Fue algo sin premeditación; pintaba al aire libre y la pintura se mezclaba con las pequeñas gotas de agua que no cesaban de caer de aquel cielo extranjero. Sin embargo, mis colegas ingleses, al contrario de lo que me pasaba a mí, usaban, en general, colores chillones para sus lienzos, con pintura incluso fosforescente; pienso que sería la búsqueda de una luz que a duras penas se abría paso entre las omnipresentes nubes.
Nunca entendí el método de enseñanza que tenían. Cada alumno tenía su propiedad privada dentro de la Escuela: su space; seis metros cuadrados a lo sumo y separado de los otros por tabiques de madera. Cada alumno personalizaba su espacio con textos que colgaban con chinchetas, fotos, apuntes y objetos familiares. Al llegar por la mañana —no estaba clara la hora—, cada estudiante se ponía a trabajar hasta que llegaba un profesor a ver lo que estabas haciendo; se sentaba frente al alumno y discutían y discutían acerca de la obra, pero no eran consejos pictóricos sino más bien se dirigían al “concepto”. Cada alumno era libre de escoger una técnica u otra, lo importante era lo que se quería transmitir con aquel cuadro. Yo, en mi fuero interno, analizaba la situación: ¿por qué tanto concepto si tantos no saben pintar? También podía resultar que al ser una asignatura de último curso, las cuestiones técnicas se daban por sabidas..., sí, pero… ¡qué lagunas! Un día, trabajando en mi space, me encontraba aplicando unas capas de encáustica a un dibujo sobre tabla, al pasar una chica por el pasillo observó lo que estaba haciendo (hay que decir que mi space era de lo peor, sin ninguna intimidad), aquella chica, sorprendida y con cara de extrañeza, me preguntó: "¿qué es eso?" Cuando le expliqué en qué consistía la encáustica, escuchaba como si le estuviera hablando del descubrimiento del nuevo mundo; ¡la encáustica!, que se remonta a los griegos y romanos...
¿Cómo se puede pintar si se desconocen los materiales? En honor a la verdad, también hay que decir que algunos de aquellos estudiantes, se buscaban la vida por su cuenta y lograban cosas interesantes.

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