El primer desencanto con los concursos

II



El primer desencanto con los concursos de pintura me lo llevé a la tierna edad de los nueve años. Fue Rosalina, una compañera de clase, la que lo ganó. El jurado del certamen proponía el siguiente tema: “la vida en la ciudad en el año 2000”. A mí, como a todos mis compañeros, me dio por dibujar un cielo lleno de tíos volando con unas mochilas de las que salían unas toberas discretas y soltaban una columna de viento impetuoso; a estos personajes le añadíamos coches flotantes aerodinámicos y algún planeta que otro de fondo que competían con la luna. Por entonces, como siempre ocurre, nuestra imaginación viajaba con mayor velocidad que toda esa escuadrilla voladora.

Rosalina, una de las pocas empollonas que no eran feas, se presentó con un paisaje de “la Escuela de los niños”, uno con una casa a dos aguas en perspectiva (¡no lo entiendo!, ¡en Andalucía, las únicas casa con techos a dos aguas son las naves industriales!). Aún hoy sigo sin entender qué tenía que ver su dibujo con los “avances avanzados” del año 2000. Pero lo cierto es que ganó. Y lo hizo porque usó el color: mientras los demás usábamos la línea cavernícola, ella, como una auténtica visionaria, usó los plastidecores sin dejar un hueco blanco en el papel.

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